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Tengo 16 años y esta es la historia de mi mamá lesbiana

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mi mama es lesbiana

Cuando yo nací mi mamá tenía mi edad, 16. Vivimos en un país que no tiene nada de educación sexual y no se incentivan los métodos de anticoncepción. Mi mamá lo pasó mal cuando se embarazó y mi abuela también, al final la carga era para ella. Mi abuelo, así como mi papá, eran medios ausentes.

Pero a pesar de las dificultades económicas mi mamá me dice que mi nacimiento fue un motivo de mucha felicidad para ella y traje alegría a la familia.

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Cuando yo era niña mi mamá aún no se definía sexualmente, estaba ocupada conmigo, terminando sus estudios y trabajando. Yo la veía muy poco, estaba más con mis tías y con mi abuela, pero era tan cariñosa conmigo que la amaba, y amaba que aunque no estuviéramos juntas en el día llegaba a la casa y se metía a la cama a dormir conmigo abrazadas. 

Nos costó años salir del círculo de pobreza. Recién cuando cumplí 11 mi mamá pudo salir de la casa de mi abuela y arrendar algo para las dos. Chiquitito, pero era nuestro departamento y teníamos dos habitaciones, una para cada una. Era la primera vez que yo dormía sola. 

Pero mi mamá tenía dos trabajos así que al final yo pasaba muchas horas sola, tenía pasión por el estudio y la lectura, así que las aprovechaba bien. Ya a esa edad cocinaba y limpiaba nuestra casa.

Un domingo hace tres años mi mamá me llevó a tomar un helado y me dijo que quería contarme algo, estaba tan nerviosa. Le costó mucho, y al final lo sacó. Estaba enamorada, desde hace dos años que estaba con alguien pero que no sabía cómo contarme, que sentía haberlo tenido oculto pero que no sabía cómo iba a reaccionar yo. 

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Me contó que estaba enamorada y esa persona especial era una mujer. Al final se le cayeron las lágrimas a mi también, ella pensó que yo estaba llorando porque era una mujer, pero no, yo lloraba porque me di cuenta que aunque mi mamá estaba feliz pensaba que había algo malo en ser lesbiana.

La abracé, le expliqué y le dije que quería conocerla. Esa misma tarde fuimos a la casa de Flavia. Tenía un departamento bonito, tenía dos gatos y tres perros. Era así como muy moderna, vegana y amante de los animales, me pareció que era muy especial y me trató muy bien, también trataba muy bien a mi mamá.

Cuando mi mamá vio que nos llevábamos bien y que yo no tenía prejuicios, se sintió liberada y empezó a ser ella misma.

Fuimos a dar una vuelta con los perros, fue un día bonito. Después de ese vinieron muchos más. Todo iba bien, el problema era mi mamá que tenía miedo de ser lesbiana, de lo que la gente pensaría de ella.

Mi abuela es muy de la iglesia y Jesucristo y pensaba que si ya le había costado aceptar el embarazo adolescente de mi mamá, ahora la rechazara por estar con una mujer.

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Mi mamá ha sufrido mucho en general y las cosas le han costado, le ha costado salir adelante, y yo quería que fuera feliz, que disfrutara de las cosas bonitas del amor. Yo le di fuerzas para que lo empezara a contar, a la familia y a sus amigos.

No fue fácil, a mi abuela al principio le dio rabia. No entendía nada, y decía que era una pésima influencia para mi y que yo debería irme a vivir con ella, así que ahí tuve que pararla y defender a mi mamá.

Estuvimos un tiempo sin hablar con ella, pero después las cosas se fueron pasando, y ahora estamos muy bien. Todos quieren mucho a Flavia, mi abuela, mis tíos, los amigos de mi mamá, es como si ya fuera parte de la familia. 

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Desde el año pasado vivimos juntas las tres con los perros y los gatos. Yo nunca he sentido a Flavia como mi otra mamá pero si es como una súper amiga, le cuento mis cosas, a veces cosas que ni siquiera le cuento a mi mamá, ella se interesa por lo que hago y se preocupa mucho por mi.

Me motiva a ser mejor persona, mejor estudiante y ser yo misma siempre. Mi mamá está feliz porque ya no se esconde y porque se ha aceptado, un día que nos estábamos tomando un café las dos solas me dijo que quería darme las gracias por ponérselo tan fácil. 

Y por eso quiero animar a todas las mujeres lesbianas que tienen miedo y tienen hijos a no tenerlo. Que no vivan escondidas, porque los hijos no somos tan cerrados como los viejos, y solo queremos ver a nuestras mamás felices.

Camila C.

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Tengo novia, novio y dos hijos, uno con cada uno

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madres lesbianas poliamorosas

Siempre fui poco convencional, desde que era una niña. Mi padre se sentía avergonzado de mi y mi madre me alentaba a no ser como el resto de la gente, «tu vida es solo tuya», me decía.

Hasta los 13 años pensé que era heterosexual, hasta que llegó una vecina nueva a mi edificio, ahí me di cuenta de que era bisexual, y ella, Gabriela, fue mi primer gran amor.

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Soy muy abierta, y hablo sin tapujos de mi bisexualidad, en el trabajo, en las comidas familiares, con amigos.

Hace 6 años tengo un novio al que quiero mucho, es un buen hombre y muy comprensivo y empático. Tenemos una relación abierta y un precioso hijo que tiene 5 años.

En la mitad de la relación con mi novio, cuando mi hijo tenía dos años, me enamoré de una profesora de yoga a la que conocí solicitándole una clase por internet. Cuando la conocí ella estaba en tratamientos de fertilidad, el día de nuestra tercera cita le dieron la buena noticia de que estaba embarazada.

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Me pareció precioso acompañarla en el proceso de su embarazo, me involucré mucho y sentía que ese bebé que venía en camino también era parte de mi.

Ella, Rebeca, es una mujer muy abierta, muy libre. Se identifica como lesbiana pero no tiene prejuicios hacia las bisexuales como otras mujeres que me he encontrado. Nuestro amor es profundo y libre.

Antes de que Lea naciera le propuse ser la otra madre, a ella le gustaba ver como me desempeñaba como madre de mi otro hijo y aceptó que yo formara parte de su familia.

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La gente se sorprende mucho cuando digo que tengo dos parejas y dos hijos, uno con cada uno. Mi novio y yo nos vemos un par de veces a la semana y al menos una noche dormimos juntos, compartimos un par de semanas de vacaciones y uno que otro puente nos vamos fuera.

Rebeca y yo pasamos más tiempo juntas, quizás por el hecho de que las relaciones entre mujeres suelen ser más cercanas. No hay normas de cuánto nos vemos, pero casi todas las noches que yo o ella tenemos libres las pasamos juntas. Dormimos en una cama grande con los niños en medio. Mi hijo la adora y la siente como otra madre. Ella no hace diferencia entre ambos niños.

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Mi novio tiene otras parejas, Rebeca no ha tenido parejas serias pero sí ha tenido encuentros con otras mujeres. Yo no siento celos porque creo que el amor es libre, que las personas podemos amarnos sin intentar poseernos, de disfrutarnos.

Yo vivo sola, ellos también. Compartimos el cuidado de los niños. Somos un modelo de familia muy diferente, pero válido y feliz.

¿En qué países podemos adoptar las lesbianas?

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donde pueden adoptar las lesbianas

Se conoce como «adopción homoparental» la adopción que se lleva a cabo por parejas del mismo sexo, algo que hace algunas pocas décadas atrás estaba completamente prohibido, como si nuestra orientación sexual fuera un impedimento para ejercer como buenas madres.

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En nuestro país, España, las lesbianas podemos adoptar o acoger como mamás solteras o en pareja. ¿Te gustaría ser mamá por adopción? Estos son los requisitos que se piden en España:

  • Ser mayor de 25 años
  • Que la diferencia de edad entre madres e hijo sea mayor a 16 años y menor a 45. Pero si se va a adoptar a varios hermanos, la diferencia de edad puede ser mayor.
  • Estar psicológicamente y económicamente preparada para ser mamás.
  • En caso de estar en pareja, tenéis que llevar al menos dos años siendo novias, y ambas tener interés en adoptar a un niño.
  • No se pueden escoger características físicas de los niños ni procedencia. Eso juega en contra en el expediente
  • Y, por último, presentar la solicitud en el registro de adopciones.

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En España los distintos modelos de familia son válidos y ninguno tiene preferencia sobre otro, una pareja heterosexual no tiene más privilegios a la hora de adoptar un niño que una familia compuesta por dos mamás o dos papás, o una familia monoparental.

No obstante esto no sucede en resto de los países. Así como las familias compuestas por mamá y papá tienen un amplio abanico de posibilidades, nuestras familias tienen muchas restricciones.

Las lesbianas, además de en España, solo podemos adoptar en:

  • Brasil
  • México (en algunos de sus estados)
  • Portugal
  • Colombia

En otros países europeos también se puede pero suele ser más complicado.

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Esto en cuanto a la adopción internacional, ahora bien, en 29 países del mundo pasa como en España, que se permite la adopción, ya sea de los hijos de la pareja o de niños en situación de abandono por parte de parejas del mismo sexo

En el confinamiento por el coronavirus me enamoré de mi compañera de piso

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amor lésbico en el confinamiento
amor lésbico en el confinamiento

Llegué en septiembre del año pasado a vivir a Madrid para hacer un máster. Primero viví en un piso con una chica y un chico, pero ella era muy desordenada y él muy fiestero, no podía estudiar y estaba harta de ese piso.

En enero me cambié a otro piso. En este vivía Raquel, que se había divorciado hace unos meses de su esposa y necesitaba alquilar una habitación para hacer frente a los gastos. Tenía un gato y una hija de tres años, que estaba una semana con ella y otra semana con su ex.

La casa era bonita, ella muy ordenada y al haber una niña en casa un horario bastante tranquilo. La niña estaba en el cole hasta las 16 y a las 20 ya en la cama. Me pareció tranquilo y perfecto para mis cosas.

Yo pasaba mucho tiempo fuera de casa, pero en marzo nos confinaron. Me pareció un poco incómodo al principio porque no podíamos salir de casa y ahí estábamos encerradas las tres, yo no tenía mucha confianza.

Pero descubrí que Raquel, a quien al principio yo veía como «una madre», era una chica muy divertida, tiene 37 años, 7 más que yo, era graciosa, cocinaba muy bien, sabía mucho de cine y de literatura, los temas de conversación no se agotaban nunca.

La niña también me pareció muy linda, la verdad es que era difícil aburrirse con ella en el confinamiento. Mis padres me decían que volviera al pueblo y mejor estuviera confinada ahí, pero yo estaba encantada.

Ya a medidos de abril noté que Raquel me gustaba, que pensaba en ella, que me quedaba mirándola, disfrutaba nuestras sesiones de series, o nuestros vinos por la noche, cuando la niña dormía.

A mi nunca me había gustado una mujer, ni siquiera me lo había planteado. Pero tampoco me cerraba a ello. Deseaba besarla, estar con ella, pero no sabía cómo acercarme a una mujer.

Supongo que se me notaba, así que fue ella la que empezó con el acercamiento, con algún comentario, alguna pregunta, y yo estaba completamente receptiva. A fines de abril nos liamos, y el confinamiento fue completamente maravilloso. Las semanas que la peque estaba con su otra madre ni nos levantábamos de la cama.

Es una historia curiosa, empezamos viviendo juntas y después enamorándonos. El confinamiento nos ayudó mucho, aún seguimos juntas, en el verano cuando se pudo viajar vinieron conmigo a mi pueblo y conocieron a mi familia y amigos, todos encantados con ellas.

Creo que somos las únicas personas que hemos disfrutado y estamos agradecidas de haber estado confinadas.

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A los 60 años le dije a mis hijos, ya adultos, que me gustaban las mujeres

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Salir del armario a los 60

«Siempre digo que me hubiera gustado nacer en esta época, la gente joven no sabe la suerte que tiene, cuanta libertad para vivir la vida que una quiera. Viajar a todos lados y amar a quien una quiera.

Cuando yo me casé con mi marido estaba contenta, era un hombre bueno y nos llevábamos bien, yo lo quería, pero no estaba enamorada ni sentía mariposas ni me moría por sus besos, pero sí lo quería mucho, falleció hace 5 años de cáncer.

Tuvimos 3 hijos, los tres chicos. Muy buenos hijos y preocupados por sus padres, muy cariñosos y responsables.

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He tenido una buena vida, mis hijos y mi trabajo me han dado muchas satisfacciones, pero hay una parte que me ha tomado muchos años entender.

Siempre me interesó mucho el tema de la homosexualidad, mucho. Cada vez que en televisión hablaban de eso seguía los casos de los famosos y me compraba las revistas para leer.

Después de que mi marido falleció empecé a indagar mucho sobre el tema de las lesbianas, era algo que me atraía tanto, empecé a leer historias por internet, a comprarme libros y ver películas.

Y lo sentí, sentí que yo también lo era. Cuando leía un buen libro o veía una buena película, podía sentir en mi propia piel la emoción de besar a una mujer o de enamorarte. «¿Y ahora qué hago con esto?», pensé.

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En foros de internet empecé a conversar con otras mujeres, me hice amiga de una que estaba en una situación similar a la mía pero ella seguía casada.

¿Cómo haces cuándo te das cuenta de que eres lesbiana a los 60 años? La amiga que me hice me presentó a otras amigas de ella y así fui conociendo gente hasta que tuve mi primera experiencia sexual. Fue algo bonito pero no se convirtió en una relación.

Ahora voy conociendo mujeres pero aún no me he enamorado y no pierdo las esperanzas.

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El momento más emocionante para mi fue cuando le conté a mis hijos. Primero lo hice con el mayor. Un día fuimos al cine y a tomar algo. Cuando estábamos ahí le dije que quería contarle algo y que me costaba mucho, pero que me había dado cuenta que me gustaban las mujeres. Mi hijo se quedó pasmado, no porque sea homófobo, no, no los he criado así. Sino que porque no se lo esperaba. Me dijo que sentía mucho que lo hubiera descubierto tan tarde y que esperaba que pudiera encontrar a alguien con quien vivir mi orientación. Es un hombre muy bueno y empático.

La segunda salida del armario fue con los dos más pequeños, que vinieron a instalarme una estantería en casa. Como ya tenía la experiencia del mayor no me fue tan difícil. Mi segundo hijo se emocionó, se le cayeron las lágrimas y me dijo que era muy valiente, el pequeño solo hizo bromas, y es que es un poco payaso.

No estoy arrepentida de la vida que he tenido, que si no no tendría a mis hijos, pero sí espero poder tener la oportunidad de vivir esos amores que tanto me han hecho gozar en libros y películas».

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Como dos mujeres en el armario se convirtieron en dos mamás lesbianas orgullosas

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Mamás lesbianas orgullosas

Si me veis hace cinco años no me podríais reconocer. Suena un poco patético pero era la típica que renegaba de su sexualidad, la que no quería aceptar del todo que me gustaban las chicas así que era más de amores tortuosos de una noche o tres que de relaciones sanas.

Trabajo en un área muy conservadora y nunca me ha gustado sobresalir o ser diferente. Durante muchos años intenté ser feliz con algún novio, ser «normal», pensaba que podía encontrar un hombre con el que formar una familia y que podía dejar mi deseo por las mujeres fuera de la ecuación de la vida que yo quería labrarme.

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Podréis imaginar que era bastante infeliz. Ocasionalmente me acostaba con mujeres pero si parecía que podían gustarme más allá salía corriendo despavorida.

Hace cuatro años empezamos a trabajar con una delegación de otra ciudad. Entre las tres personas que llegaron a nuestra oficina estaba Claudia, una mujer colombiana que levaba varios años viviendo en España, en Valencia. Nada más verla me gustó, pero yo sabía controlar muy bien esa parte en mi. Quizás por eso era más fría y más distante con ella.

Empezamos a conocernos mejor y la verdad es que era muy agradable tratar con ella. A las dos semanas ya no podía sacármela de la cabeza y me odiaba por ello.

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Como ella no conocía a nadie en Madrid me dijo que el sábado siguiente era su cumpleaños, que si me apetecía ir a cenar. Sin pensarlo le dije que sí. Después de la cena nos fuimos de copas, yo estaba tan nerviosa que no paré de beber, y ya sabéis lo que hace el alcohol, relaja y abre las puertas de los armarios. Vivo en el centro así que me acompañó a casa antes de tomar un taxi, y ahí, antes de subir, derribando todas mis barreras, la cogí de la chaqueta y la besé. Fue un momento increíble, pero a la vez horrible, era compañera de trabajo, donde yo más guardaba las apariencias. La solté y subí rápidamente a casa. Estuve los dos meses siguientes dirigiéndole la palabra solo para lo estrictamente necesario hasta que volvió a Valencia, donde vivía y trabajaba.

Seis meses después me tocó a mi viajar un par de días a su oficina, la vi y estaba tan guapa… Me invitó a tomar un café para discutir temas de trabajo, acepté, por supuesto, pero antes de pudiera abrir mi portátil me dijo: «¿Sabes? Nunca hablamos de lo que sucedió el día de mi cumpleaños». Yo, que no me lo esperaba, me puse muy roja.

«No quiero que te sientas incómoda», me dijo ella al notarlo, «sé que estabas borracha y que te arrepentiste de inmediato, solo quería contarte que creo que siempre me habían gustado las chicas y nunca me había atrevido a nada, tenía miedos y prejuicios, y después de ese día me di cuenta que tenía que vivir mi vida, que la vida es tan corta, y desde que volví a Valencia he estado conociendo chicas y también contándole a la gente que me importa que esta soy yo, mi yo real«.

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Me quedé tan impactada que no supe que decir. Así que dije lo más tonto del mundo: «bien, me alegro, ¿empezamos con la presentación?», mientras abría mi portátil. Por dentro estaba sintiendo tantas cosas, el recuerdo de ese beso, el que ella fuera lesbiana, el que fuera tan valiente y el que yo era una persona que le importaba. Tenía ganas de llorar pero también de huir de ahí, huir de ella, de lo que me hacía sentir.

Volví a Madrid y mi vida empeoró. Empecé a estar más triste, más centrada en el trabajo, sin parar de pensar en Claudia. Un día me fui a comer con mi madre y recuerdo que me preguntó: ¿y? ¿algún chico especial en tu vida? «Nada mamá, ningún chico especial», le respondí mientras revolvía la ensalada. «¿Y alguna chica? Que a veces ahí también se puede encontrar el amor y no pasa nada».

Sus palabras me removieron tanto que me puse a llorar ahí, arriba de la ensalada. Hablamos, hablé de todo y ella también, me dijo que siempre había notado que yo era diferente, y que pedía perdón por todos los comentarios homófobos que podía haber hecho antaño, que ella había sido criada en otra época pero que ahora que veía tanto la diversidad solo quería que yo fuera feliz.

Cuando volví a casa, profundamente aliviada, le escribí un email a Claudia y le pedí perdón por haber sido tan capulla todo ese tiempo. Le conté la verdad, que me costaba mucho aceptar que me gustaban las chicas en general y en particular ella. Que no había sabido reaccionar, que ojalá me hubiera comportado diferente, que la admiraba y que esperaba que fuera feliz con alguna de esas chicas que estaba conociendo.

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Su respuesta fue breve: ¿Quieres venir un fin de semana a Valencia?

Y ahí, en ese fin de semana en Valencia comenzó nuestra historia y también mi nueva vida. Me dejé llevar y me enamoré como nunca imaginé que podría. Me costó salir del armario en el trabajo, con la familia y los amigos, sí, una barbaridad, pero empecé una terapia que me ayudó mucho.

Claudia y yo estamos casadas, somos muy felices, sobre todo desde que ha nacido nuestra princesa. Somos mamás lesbianas orgullosas de nuestra sexualidad y de nuestra familia.

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«Tengo un hijo con mi novia y mi familia no lo sabe, me da miedo»

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De solo comenzar a escribir esta historia me siento cobarde, pero es que mi vida no ha sido fácil.

Soy lesbiana en un país latinoamericano muy conservador, mi familia es evangélica extremista en su credo religioso, todo lo que se escape a nuestra religión y a lo que es la familia tradicional les repulsa.

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Además me crie en una ciudad pequeña donde todos sabían lo que hacían los demás, cuando tenía 16 años y alguien me vio besar a una chica en una calle oscura, toda la ciudad se enteró, y comenzó mi infierno.

No puedo decir que viví una terapia de conversión pero sí cosas similares y una tortura psicológica infernal de parte de mis padres, de mis dos hermanos mayores y mis abuelos. Pasé bastante tiempo encerrada, salía solo para ir a clases, no tenía privacidad y revisaban todas mis cosas.

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A los 25 años acepté un trabajo en una ciudad muy lejana de la mía, a 700 kilómetros. Me costó pero fue un renacer, un volver a empezar. A los 27 conocí a mi novia, con la que llevo cuatro años. El año pasado nació nuestro hijo, se embarazó ella por una inseminación artificial que nos hicimos en una clínica.

Mi novia -en mi país no nos podemos casar- y mi hijo son la familia que siempre soñé tener y que nunca pensé que conseguiría. El amor que siento por ellos es lo que me da fuerzas, es lo que más deseo proteger.

Mi familia no sabe que tengo una novia y menos que juntas tenemos un hijo. Sé que soy cobarde por no enfrentarlos, pero no quiero cargar con su rabia ni que mi hijo pague eso. Saben que vivo con una chica que tiene un hijo, piensan que compartimos la casa y que ella tiene un novio en el extranjero. De todas formas me visitan muy poco y yo voy a verlos un par de fin de semanas al año.

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Son personas muy homófobas y una familia con padres del mismo sexo les parece que debería irse al infierno.

Me animé a contar mi historia para saber si alguien ha pasado por algo así, si puedo aprender de otra experiencia, me siento muy perdida y no sé cómo contar la verdad. Solo intento proteger a quienes más amo, no quiero sentir el odio de mis padres o hermanos encima de mi hijo o de mi novia.

¿Alguien está o ha estado en mi situación?

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Amanda y Tracy, la pareja de lesbianas que tiene 6 hijos

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Mamás lesbianas de 6 hijos

Después de darme una vuelta por la cuenta de Instagram de Amanda y Tracy y ver a esta pareja con sus 6 hijos, creo que yo, como madre soltera de dos, estoy bastante bien y aliviada.

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Si sois de las que se agobia con un bebé o dos (que a todas nos pasa a veces), os recomiendo seguir a estas chicas. O incluso a esta otra pareja, heterosexual, que no podía tener hijos y adoptó cuatro hermanos, al año siguiente tuvieron un hijo biológico y después cuatrillizos 9 niños menores de 8 años. ¡De qué nos vamos a quejar!

Amanda y Tracy se han casado hace poco, y la verdad es que sus fotos de la boda son realmente preciosas. Tienen cinco chicos y una chica.

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Y como nos encanta descubrirte familias molonas, te dejamos a esta que nos ha conquistado:

Amanda y Tracy el día de su boda

Mi novia y yo tuvimos una hija con nuestros mejores amigos gays

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Para muchos era una locura. Nos dijeron que estábamos locas, que todo sería complicado, y es verdad que en un comienzo lo pensamos, pero hasta ahora, que ya han pasado tres años, todo ha ido bastante bien.

La historia comenzó cuando Amanda y yo, que ya llevábamos cinco años juntas, queríamos tener un hijo pero queríamos que nuestro hijo tuviera un papá. No es que pensáramos que dos mamás no son suficientes, no, simplemente queríamos que tuviera esa figura en su vida, que el gameto que le dio la vida no fuera un desconocido, que para nuestro hijo fuera sencillo reconstruir su árbol genealógico.

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Directamente pensamos ambas en Jaime, amigo mío desde el cole, gay. Se lo planteamos y se volvió loco de alegría. Siempre había querido ser papá pero no sabía cómo. En ese momento Jaime tenía pareja, Antonio, con quien llevaba un par de años. Nos caía muy bien pero el plan inicial era solo contar con Jaime.

Jaime es muy guapete y muy inteligente, así que nos gustaba como donante y padre de nuestro pequeño. Nos hicimos una inseminación artificial casera. En el día fértil de Amanda y con una jeringa introducimos el semen de Jaime.

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Nos quedamos embarazados de Amaya al quinto intento. El plan era el siguiente. Legalmente Amaya estaría inscrita como hija de Amanda y mía, viviría con nosotras, que seríamos quiénes decidiríamos sobre todo lo relacionado con ella. Y Jaime podría visitarla siempre, y cuando la nena fuera más mayor ya pasar un fin de semana en su casa.

Ese era el plan, pero los planes nunca salen como están planeados. Hoy Amaya tiene 3 años, siente y dice que tiene 2 mamás y 2 papás, Antonio se involucró tanto y hasta casi más que Jaime, para ella son papá y papi. Los adora.

Amaya pasa dos fines de semana al mes con sus papás y duerme una noche a la semana con ellos, esos días ellos salen antes de la oficina y se dedican por completo a su hija, a cocinar, pintar, hacer rutas en bicicleta. Tienen una habitación preciosa para ella en casa, aunque Amaya con ellos hace como con nosotras, dormir en nuestra cama, en medio de las dos.

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El tener ese tiempo para nosotras nos ha venido muy bien como pareja, para no perder nuestra conexión de pareja y porque a veces viene muy bien hacer cosas sin los hijos.

Al final las decisiones sobre ella las tomamos un poco entre todos, y no sabéis lo fácil que es conciliar cuando hay cuatro padres.

Hemos tenido suerte, nos queremos y nos respetamos entre todos, esa es la clave, conocemos un caso donde la pareja de chicas y el amigo gay acabaron fatal. Y es que claro, no es fácil, pero si hay respeto mutuo todo es posible.

Amaya es una niña absolutamente feliz y amada.

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«Vivía con mi novio y me enamoré de mi jefa. Y esta es ahora nuestra familia

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Ana y Yanina el día de su boda

A Ana Lupinacci y Yanina Hidalgo la vida había intentado juntarlas muchas veces. Habían ido al mismo colegio, con tres años de diferencia, habían tenido los mismos profesores, tenían amigos y conocidos en común, salían por los mismos lugares, pero nunca se habían visto realmente.

Hasta el día que coincidieron en una oficina, en el mismo trabajo. Yanina era la encargada y su seriedad y profesionalidad le parecieron a Ana bordería, no le cayó bien. En ese momento Ana llevaba 4 años viviendo con su novio. A Yanina le gustó Ana pero cuando supo lo del novio descartó la posibilidad. 

En la oficina se rumoreaba que Yanina era lesbiana pero ella misma se encargaba de desmentirlo, siempre le habían gustado las mujeres pero nunca había besado a una, no se sentía aún capaz de salir del armario.

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Se inscribieron juntas en un curso que les quedaba a dos horas de su ciudad, lo que hacía que dos veces a la semana compartieran esas horas de viaje, ida y vuelta.

Parecía que eran grandes amigas. “Pero en un momento me di cuenta de que tenía más ganas de quedarme en el trabajo que de volver a casa. Quería estar todo el tiempo con ella y pensé ‘¿qué onda esto?’”, cuenta Ana a Infobae. Montaba escenas de celos si Yanina tenía mucho trabajo y no le prestaba atención, “yo misma me miraba y decía ‘¿pero qué me pasa?, ¿tanto me voy a enojar?’. 

Ana decidió contarle a Yanina lo que sentía pero dejándole claro que no haría nada con ello, no quería poner patas arriba su vida ni lastimar a su novio. Así que le pidió distancia. Pero el amor es el amor, y la distancia les duró una hora.

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Cuatro meses después se fueron a vivir juntas. Y ya han pasado 12 años. Aunque el entorno de Ana se sorprendió de que dejara a su novio y se enamorara de una mujer, no hubo rechazo ni problemas.

Para ambas era la primera vez con una mujer y lo vivieron con mucha intensidad. En 2012 se casaron. Con los años entraron las ganas de formar una familia. La idea era que Yanina pariera al primero de sus hijos, pero todas las inseminaciones resultaban en betas negativas.

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En la dulce espera

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Estaban agotadas emocionalmente. Decidieron probar con Ana. Se embarazó en la primera inseminación artificial con semen de donante. Alegría absoluta, a la que se sumó la cara de sorpresa al ver en la primera ecografía que eran dos y no uno.

Julieta y Juan tienen 2 años y 9 meses, ¡y son unos bombones!

Julieta y Juan con sus dos mamás

Ana y Yanina pertenecen a la asociación de Familias Argentinas Diversas, por lo que sus peques tienen muchos ejemplos de diversidad familiar.  También han hecho un cuento para contarle a sus hijos cómo se enamoraron y cómo deseaban tanto tenerlos, un cuento que está sin terminar, porque va creciendo con sus hijos y con las preguntas de los niños.

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