Un año de vida… y de memoria: Pau, ‘el bebé de la dana’ y sus dos mamás

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Pau, el bebé de la dana y sus dos mamás
Pau, el bebé de la dana y sus dos mamás

Cuando nació Pau, en medio del caos, su llegada fue un respiro para muchas. El 29 de octubre de 2024, en el municipio de Gestalgar (Valencia), una torrente de agua —la “dana” que arrasó vidas, huertos, infraestructuras y silencios— coincidió con el momento en que su madre, María Ángeles Suay, rompía aguas. Su otra madre, Judith Sahuquillo, lo sostiene entre los brazos en la foto que ya es símbolo: ellas tres frente al puente dañado del Turia, testigo de la furia de la naturaleza y del renacer de una familia, según cuenta La Vanguardia.

Para la sociedad, fue un día catastrófico: inundaciones, barro, pueblos incomunicados. Para esa pequeña familia, fue “el mejor día” de su vida. Esa dualidad —trauma colectivo e historia íntima— nos enseña algo profundo: las familias se construyen con amor, pero también se confirman con la adversidad. María Ángeles y Judith no sólo dieron a luz a Pau; dieron testimonio de que el amor puede caminar entre los escombros.

En un mundo que todavía asume un único modelo de familia, esta pareja demuestra lo contrario: dos madres, una vida que empieza en medio de la lluvia más brutal, y una comunidad que les da abrazo. Que Pau sea llamado el ‘bebé de la dana’ no lo reduce; lo bautiza con una historia que tiene raíces, agua, tiempo, memoria.

María Ángeles y Judith recuerdan que no fueron conscientes de todo lo que estaba sucediendo fuera hasta que, una vez en la habitación, comenzaron a ver cómo circulaban escalofriantes vídeos por grupos de WhatsApp. Se enteraron allí de que en su pueblo no había ni agua ni luz. ‘¿Qué hacemos con un bebé recién nacido?’ es la pregunta que se hacían una y otra vez.”

Resiliencia comunitaria

Gestalgar tardó en recuperarse. Turismo perdido, huertos devastados, piscinas naturales destruidas. Pero también se levantó. Una inversión de 1,8 millones de euros en infraestructuras, y la voluntad de la comunidad para mirar hacia adelante.

Para nosotras, como madres lesbianas, esta historia tiene una doble lectura: personal y colectiva. Personal porque se trata de una maternidad valiente, en circunstancias extremas. Colectiva porque demuestra que no estamos solas, que las familias diversas hacen comunidad, que la resiliencia no es solo individual.

Pau, con apenas un año, ya es portador de historia, viento y promesa. Sus madres, con firmeza y ternura, han tejido una vida que empezó entre la tormenta, pero que ya no teme a las nubes. Y nosotras, madres lesbianas, podemos mirarnos en ese espejo para recordar que siempre vale la pena.