Madres lesbianas mayores: pioneras que abrieron camino

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Madres lesbianas mayores
Madres lesbianas mayores

Mi hijo me contó que ayer en el patio una amiga le dijo: de mayor voy a ser lesbiana como tu madre.

Me puse feliz por la naturalidad con la que una niña de 7 años puede hablar de una posible (o no) orientación sexual, me puse feliz por la naturalidad con la que la clase de mi hijo ve que no todas las madres somos hetero, me puse feliz porque mi familia es visible y feliz.

Pero todo ello me llevó a reflexionar y a agradecer la lucha anterior a la mía.

Si hoy en día muchas de nosotras podemos vivir nuestra maternidad con mayor libertad, es porque hubo mujeres que, con valentía, decidieron ser madres en tiempos mucho más hostiles. Mujeres que criaron a sus hijos en un mundo que no reconocía sus familias, que lucharon por derechos que ahora damos por sentados y que, muchas veces, lo hicieron solas, sin referentes ni redes de apoyo.

Este artículo es para ellas, para las madres lesbianas mayores, nuestras pioneras.

Ser madre y lesbiana en otros tiempos

Hoy en día, aunque todavía queda mucho por avanzar, en casi 40 países podemos casarnos, registrar a nuestros hijos sin trabas legales y hablar abiertamente de nuestras familias. Pero en las décadas de los 70, 80 o incluso 90, el panorama era muy distinto.

Muchas mujeres fueron obligadas a casarse con hombres porque la maternidad y la heterosexualidad parecían ser un paquete indivisible. Otras, al salir del armario, perdieron la custodia de sus hijos porque la sociedad las consideraba «no aptas» para criarlos. Hablar de familias diversas era casi impensable.

Sin embargo, a pesar del rechazo, a pesar del miedo, muchas rompieron con lo establecido y decidieron ser madres fuera de los márgenes impuestos. Algunas lo hicieron con parejas mujeres en total clandestinidad, otras recurrieron a la inseminación casera cuando ni siquiera existía acceso médico a métodos de reproducción asistida para lesbianas.

Muchas madres no gestantes perdieron a sus hijos cuando la relación con las madres gestantes se rompió. No había derechos ni reconocimiento legal para aquellas que criaron en la sombra.

Ser madre lesbiana en aquellos tiempos significaba muchas veces vivir con miedo. Miedo a que alguien denunciara su orientación y le quitaran a sus hijos, miedo a que en la escuela sus pequeños sufrieran acoso, miedo a que la familia las rechazara.

Pero también significaba algo más: significaba ser parte de un cambio imparable. Muchas de estas madres decidieron visibilizarse y luchar. Fundaron los primeros grupos de apoyo para familias LGTBI, hicieron activismo cuando aún no existía el concepto de «activismo familiar», pelearon por la filiación de sus hijos cuando ni siquiera había leyes que contemplaran la doble maternidad.

Fueron las primeras en exigir derechos que hoy tenemos.

Lo que les debemos

Gracias a estas pioneras, hoy en día podemos hablar con orgullo de nuestras familias. Sus historias nos enseñan que no hay maternidad sin lucha, que cada avance ha sido conquistado a pulso, y que aún debemos seguir su ejemplo para garantizar que ninguna madre lesbiana vuelva a ser separada de sus hijos por prejuicios o vacíos legales.

A todas ellas, que criaron con amor en tiempos de odio, que fueron madres contra todo pronóstico, que nos allanaron el camino… GRACIAS.

Porque sin ellas, nosotras no estaríamos aquí.