La vuelta al cole de las madres lesbianas: todo lo que todavía nos queda por conseguir

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Septiembre. Mochilas nuevas, libros por forrar, grupos de WhatsApp que resucitan, extraescolares imposibles de cuadrar y ese maravilloso momento en el que descubres que el pantalón del uniforme que en junio le quedaba perfecto ahora le llega por encima del tobillo.

Y también formularios. Nombre del padre. Nombre de la madre. Bienvenidas un año más a la vuelta al cole siendo una familia lesbiana.

Es verdad que hemos avanzado muchísimo. Nuestros hijos crecen en una España muy distinta a aquella en la que crecimos muchas de nosotras. Hay colegios que celebran el Día de las Familias, bibliotecas llenas de cuentos donde aparecen dos madres, docentes que trabajan la diversidad familiar con absoluta naturalidad y niños para quienes escuchar “tiene dos mamás” no tiene nada de extraordinario.

Pero precisamente porque hemos avanzado tanto resulta más fácil ver todo lo que todavía falta.

Empecemos por algo aparentemente insignificante: los formularios

Parece una tontería hasta que tienes que rellenarlos.

Padre.

Madre.

Firma del padre.

Firma de la madre.

Profesión del padre.

Profesión de la madre.

En 2026 seguimos encontrando documentos escolares, sanitarios, deportivos y administrativos diseñados bajo la premisa de que cualquier niño tiene necesariamente un padre y una madre.

Cambiar dos palabras por “progenitor/a 1” y “progenitor/a 2”, “representantes legales” o simplemente dejar espacio suficiente para describir cada familia parece una modificación minúscula.

Para un niño no siempre lo es.

Porque la diversidad familiar no consiste únicamente en explicar una vez al año que existen familias diferentes. También consiste en que un niño no tenga que tachar “padre” cada vez que empieza el colegio.

No queremos que nuestros hijos tengan que explicar continuamente su familia

“¿Pero cuál es tu madre de verdad?”. “¿Y quién es tu padre?”. “¿Entonces de quién eres tú?” Muchos niños responden estas preguntas con una naturalidad maravillosa.

El problema es que no debería recaer sobre ellos la responsabilidad de educar constantemente a los demás.

Una de las grandes tareas pendientes de los centros educativos sigue siendo anticiparse.

Si en una clase hay una niña con dos madres o una familia monoparental, no hay que esperar a que otro alumno pregunte dónde está su padre para explicar que existen muchas maneras de formar una familia.

Y ni siquiera debería ser necesario que haya una familia lesbiana en el aula.

La diversidad familiar forma parte de la sociedad en la que viven esos niños.

La diversidad no puede aparecer solamente cuando llega junio

También tenemos que hablar del Orgullo. Cada vez más colegios trabajan la diversidad afectivo-sexual y familiar y eso es una noticia fantástica. Pero poner un arcoíris durante una semana no sustituye un proyecto educativo.

Nuestros hijos necesitan encontrarse durante todo el curso.

En los cuentos que leen.

En los ejemplos que utiliza su profesora.

En los ejercicios de lengua.

En las ilustraciones.

Cuando se habla de reproducción.

Cuando se construye un árbol genealógico.

Cuando llega el Día de la Madre.

Y cuando se explica qué es una familia.

La diversidad bien integrada es precisamente la que deja de parecer una actividad extraordinaria.

El árbol genealógico también necesita una pequeña revolución

Quienes somos madres conocemos perfectamente algunas de esas tareas aparentemente inocentes que pueden convertirse en un pequeño sudoku familiar.

“Dibuja a tu padre y a tu madre.”

“Pregunta a papá cómo conoció a mamá.”

“Haz tu árbol genealógico.”

No hay absolutamente nada malo en trabajar los orígenes familiares. Al contrario.

Pero hoy en una misma clase puede haber niños con dos madres, dos padres, una sola madre, padres separados, familias reconstituidas, adopciones, acogimientos, reproducción asistida o abuelos que ejercen como principales figuras de cuidado.

No necesitamos eliminar estas actividades.

Necesitamos hacerlas mejor.

En lugar de pedir a todos los niños que dibujen exactamente el mismo modelo, podemos pedirles que dibujen a su familia.

Y entonces ocurre algo mucho más interesante: descubrimos cómo son realmente las familias de una clase.

Tampoco queremos profesores asustados de decir “lesbiana”

Esto también sucede.

Docentes maravillosos, llenos de buenas intenciones, que no saben exactamente cómo nombrarnos.

“Una familia diferente.”

“Dos mamás que se quieren mucho.”

“Una familia especial.”

Somos una familia lesbiana.

Y no pasa nada.

Lesbiana no es una palabra que haya que esconder a los niños.

Precisamente una de las mejores maneras de evitar que mañana se convierta en un insulto en el patio es utilizarla hoy con absoluta normalidad dentro del aula.

Y hay algo todavía más importante: proteger a nuestros hijos

Todo esto puede parecer menor frente a los grandes avances legales conseguidos en España.

Pero la escuela sigue siendo uno de los lugares donde se aprende qué es considerado normal y qué queda fuera.

La evidencia disponible sobre hijos de madres lesbianas lleva décadas mostrando que la orientación sexual de sus madres no perjudica su bienestar psicológico ni su desarrollo. El National Longitudinal Lesbian Family Study, que ha seguido durante décadas a familias formadas por madres lesbianas, ha encontrado niveles de ajuste psicológico comparables a los de otros jóvenes.

Lo que sí puede hacer daño es otra cosa.

El estigma.

Las burlas.

La discriminación.

Tener que ocultar la propia familia.

O sentir que tu casa es una excepción de la que tienes que dar explicaciones.

Por eso trabajar la diversidad familiar en el colegio no consiste en hacerle un favor a las madres lesbianas.

Consiste en proteger a los niños.

España tiene leyes. Ahora necesitamos que lleguen a todas las aulas

Nuestro país cuenta además con un marco legal que obliga a los centros educativos a ir mucho más allá de la buena voluntad.

La Ley Orgánica 3/2020 de Educación establece entre los principios del sistema educativo el respeto a la diversidad afectivo-sexual y familiar y la prevención de la violencia y el acoso.

Y la Ley 4/2023 para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos LGTBI establece que las administraciones educativas deben promover la inclusión de contenidos relativos a la diversidad sexual, de género y familiar y adoptar medidas frente al acoso LGTBIfóbico.

Por tanto, hablar de nuestras familias en las aulas no es adoctrinar.

Es educación.

Y también es cumplir la ley.

Hemos avanzado muchísimo. Y precisamente por eso queremos más

Muchas de nuestras hijas e hijos probablemente vivirán una infancia mucho más libre que la nuestra.

Algunos jamás pensarán que tener dos madres es algo que necesitan esconder.