40 años siguiendo a las mismas familias de dos madres: el estudio que desmontó los prejuicios sobre la maternidad lésbica

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40 años siguiendo a las mismas familias de dos madres: el estudio que desmontó los prejuicios sobre la maternidad lésbica
40 años siguiendo a las mismas familias de dos madres: el estudio que desmontó los prejuicios sobre la maternidad lésbica

Durante décadas se hicieron la misma pregunta.

¿Crecer con dos madres afectaría al desarrollo de los niños?

¿Tendrían problemas emocionales?

¿Echarían de menos un padre?

¿Serían diferentes?

Mientras el debate ocupaba titulares y parlamentos, un grupo de científicos decidió hacer algo mucho más útil: esperar.

Esperar cuarenta años.

El resultado es el National Longitudinal Lesbian Family Study (NLLFS), la investigación más larga realizada jamás sobre familias de madres lesbianas. Comenzó en 1986, cuando muchas de aquellas mujeres ni siquiera podían imaginar que un día sus familias serían reconocidas legalmente en muchos países. Hoy, los bebés que participaron en aquel estudio tienen entre 30 y 33 años. Y por primera vez podemos escuchar lo que ellos mismos piensan sobre haber crecido con dos madres

Los primeros resultados del estudio ya habían demostrado hace años que estos hijos no presentaban peores indicadores de salud mental, adaptación social o desarrollo psicológico que otros jóvenes de su misma edad. También desmontaron uno de los grandes prejuicios históricos: crecer con dos madres no perjudica el bienestar infantil.

Otro de los aspectos que más interesaba a los investigadores era conocer cómo eran las relaciones dentro de estas familias una vez que los hijos llegaban a la edad adulta.

Los resultados muestran que la mayoría describía una relación cercana y positiva con sus madres, basada en la comunicación y el apoyo emocional. A lo largo de las distintas fases del estudio, las investigadoras observaron que muchas de estas familias desarrollaban estilos de crianza caracterizados por una alta implicación parental y una distribución más igualitaria de las responsabilidades domésticas y de cuidado.

Además, cuando los hijos alcanzaron la vida adulta, la mayoría manifestó sentirse cómoda hablando con sus madres sobre temas relacionados con las relaciones personales, la sexualidad o los proyectos de futuro, un indicador que suele asociarse a vínculos familiares sólidos y a una comunicación abierta.

El estudio también encontró diferencias interesantes respecto a la forma en que estos jóvenes entendían la diversidad.

Sin que ello modificara necesariamente su propia orientación sexual, los hijos de madres lesbianas mostraban una mayor aceptación de las distintas orientaciones e identidades y una menor rigidez frente a los estereotipos de género. Los investigadores plantean que crecer en familias que desde el principio tuvieron que cuestionar las normas tradicionales pudo favorecer una actitud más abierta hacia las diferencias y un mayor respeto por la diversidad.

En trabajos anteriores del mismo estudio, cuando estos participantes tenían 17 años, también se observó que presentaban niveles elevados de competencia social y académica, así como menos conductas agresivas y menos problemas de comportamiento que la muestra de comparación utilizada por los investigadores

«Mi familia era simplemente mi familia»

En los estudios cualitativos publicados durante los dos últimos años, muchos de estos adultos explican que nunca sintieron que les faltara nada dentro de casa.

Lo que recuerdan con mayor frecuencia no tiene que ver con su familia, sino con el exterior.

Algunos hablan de preguntas incómodas en el colegio.

Otros recuerdan haber tenido que explicar una y otra vez por qué tenían dos madres.

Y varios reconocen que, cuando eran pequeños, hubo momentos en los que se sintieron diferentes porque apenas conocían a otras familias como la suya.

Sin embargo, la mayoría describe una infancia feliz y relaciones muy estrechas con sus madres. Muchos destacan que crecieron en hogares donde se hablaba con naturalidad de las emociones, de la diversidad y de cualquier duda que pudiera surgir.

¿Y qué piensan hoy de haber nacido gracias a un donante?

Este era otro de los grandes interrogantes.

Las conclusiones también son interesantes.

La mayoría afirma sentirse cómoda con la forma en que fue concebida. Muchos explican que siempre conocieron su historia desde pequeños y que esa transparencia hizo que nunca vivieran la donación de semen como un secreto o un conflicto de identidad.

Algunos mantienen contacto con su donante o con medio hermanos biológicos. Otros no.

Pero los investigadores concluyen que el tipo de donante —anónimo, conocido o de identidad abierta— no ha marcado diferencias significativas en su ajuste psicológico durante la vida adulta.

Hay un dato especialmente bonito

Quizá el hallazgo más emocionante no aparece en ningún titular.

En una de las investigaciones más recientes, los científicos preguntaron a estos adultos si querían tener hijos.

La respuesta sorprendió.

Solo un pequeño porcentaje ya era padre o madre, algo esperable por su edad, pero casi dos tercios de quienes todavía no tenían hijos afirmaron que les gustaría formar una familia en el futuro.

Y cuando les preguntaron cómo imaginaban esa maternidad o paternidad, muchos respondieron algo muy significativo.

Querían criar como habían sido criados.

Hablando con naturalidad.

Explicando desde pequeños el origen de la familia. Creando relaciones cercanas. Y haciendo que sus futuros hijos crecieran sabiendo que existen muchas maneras de formar una familia.

En otras palabras, no solo no rechazan el modelo familiar en el que crecieron. Muchos desean reproducirlo.

La ciencia respondió hace tiempo. Ahora responden ellos.

Durante años, las familias de dos madres tuvieron que demostrar que podían criar bien a sus hijos.

La investigación científica respondió con datos. Ahora responden los propios protagonistas. Son adultos. Trabajan. Estudian.

Forman parejas.

Algunos ya son madres y padres.

Otros esperan serlo.

Y cuando miran atrás, la mayoría no habla de una infancia marcada por tener dos madres.

Habla de una infancia marcada por haber tenido una familia que los quiso profundamente.

Quizá esa sea la conclusión más importante de todas.

Después de cuarenta años siguiendo sus vidas, el estudio ya no solo demuestra que los hijos de madres lesbianas crecen igual que los demás.

Demuestra que, cuando les preguntas cómo recuerdan su infancia, la respuesta casi nunca gira en torno a la orientación sexual de sus madres.

Gira en torno a lo mismo que cualquier otra persona recuerda al pensar en su familia: el cariño, la seguridad y el amor con el que fue criada.