“¿Y si no conecto con mi hijo?”: el miedo silencioso de muchas madres no gestantes

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Valentina lleva 11 años con Sofía (en la foto de portada). Cuando se conocieron tenía claro que no quería ser madre y que no quería gestar. Con el paso de los años fue cambiando de opinión, hasta que después de la pandemia ambas se encontraron en el mismo punto: maternidad compartida.

Valentina no gestó, y en este vídeo comparte sus miedos sobre si sería posible conectar con su hijo Milo sin haberlo parido, sin pensar previamente que se necesita unión genética para sentir o para formar familia. No. Solo un temor silencioso que se iba anidando en ella mientras el embarazo de su mujer prosperaba.

En el honesto y emotivo vídeo cuenta cómo conectó con su bebé nada más tocarlo:

La historia de Valentina y su temor puede ser el de tantas madres no gestantes que queremos reflexionar sobre ello.

“Si no lo gesto yo… ¿sentiré lo mismo?”

No siempre se dice en voz alta. A veces se formula como duda práctica —quién gesta, cómo lo hacemos—, pero debajo hay algo más profundo:
el miedo a no ser igual de madre.

Y es lógico.

Vivimos en un mundo que ha repetido durante décadas una idea muy concreta: que el vínculo empieza en el embarazo, que la conexión es biológica, que gestar es lo que te convierte en madre.

Pero eso no es toda la verdad.

El vínculo no empieza en el útero (ni depende de él)

Lo que hoy sabemos desde la psicología del apego es bastante claro:
el vínculo no depende solo de la gestación, sino de la relación.

El apego se construye con la presencia, el cuidado, la disponibilidad emocional, el contacto, la mirada, la respuesta al llanto, la rutina compartida.

Es decir:
se construye después.

Por eso, en muchísimas familias —adoptivas, reconstituidas, homoparentales— vemos vínculos profundísimos sin haber pasado por el embarazo.

Y en las familias de dos madres, esto es especialmente evidente.

Lo que nadie te cuenta: el miedo sí existe

En el vídeo, esta mujer pone palabras a algo muy real:
antes de ser madre, tenía miedo de no sentir esa conexión.

No porque dudara de su deseo.
Sino porque el relato social pesa.

Ese “¿y si…?” aparece mucho en la madre no gestante:

  • ¿Y si me siento en segundo plano?
  • ¿Y si el bebé la prefiere a ella?
  • ¿Y si no me reconoce igual?

Son preguntas incómodas, pero necesarias.

Porque cuando se dicen, se pueden trabajar.
Y cuando se callan, se enquistan.

La realidad: el vínculo llega (y a veces sorprende)

Lo que muchas madres cuentan después es casi siempre lo mismo:
la conexión llega.

A veces no es inmediata.
A veces no es como en las películas.
A veces se construye poco a poco.

Pero llega.

Y en muchos casos, incluso, rompe las expectativas: madres no gestantes que se convierten en la figura de apego principal, bebés que buscan indistintamente a una u otra, vínculos que no entienden de biología.

Porque para un bebé, lo importante no es quién gestó.
Es quién está.

Romper la jerarquía invisible

Uno de los mayores retos en las familias lesbomarentales es desmontar una jerarquía que la sociedad intenta imponer:

  • madre “de verdad” (la gestante)
  • madre “también” (la no gestante)

Pero esa jerarquía no tiene base real.

Ambas son madres.
Ambas cuidan.
Ambas construyen vínculo.

Y cuanto antes se rompa esa idea —dentro y fuera de la pareja—, más fácil es vivir la maternidad desde un lugar de seguridad.