¿Nuestros hijos tienen que salir del armario también? Crecer teniendo dos madres y tener que explicarlo una y otra vez

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hijos de lesbianas salen del armario
hijos de lesbianas salen del armario

—Tengo dos mamás.

—Vale, ¿pero no tienes papá?

—No.

—¿Ninguno?

—No.

—Pero… ¿cómo naciste entonces?

Y cuando parecía que el interrogatorio había terminado:

—Ya, pero ¿cuál de las dos te tuvo de verdad?

Muchas madres lesbianas hemos salido del armario innumerables veces a lo largo de nuestra vida.

Con nuestros padres. Con los amigos. En el trabajo. Ante un médico. Al conocer a alguien. Cuando alguien da por sentado que tenemos marido y tenemos que decidir si corregirlo o dejarlo pasar.

Pero cuando tenemos hijos ocurre algo en lo que quizá no habíamos pensado:

ellos también pueden tener que explicar nuestra familia una y otra vez.

No porque tengan que explicar su orientación sexual.

Sino porque, cada vez que dicen “tengo dos madres”, pueden encontrarse frente a alguien que necesita más explicaciones.

“Sí, dos madres. Pero… ¿y tu padre?”

Para un niño que ha crecido desde que nació con dos madres, su familia no tiene nada de complicada.

Es su familia.

La complicación puede aparecer cuando empieza a descubrir que los demás no siempre entienden cómo funciona.

De hecho, esto se ha estudiado.

Investigaciones con niños nacidos mediante inseminación con donante y criados por parejas de mujeres encontraron que prácticamente todos hablaban espontáneamente de sus dos madres con sus amigos cercanos y que estos solían reaccionar positivamente.

Pero apareció algo muy interesante.

A algunos de los otros niños les costaba comprender que alguien pudiera tener dos madres y no tener un padre “en alguna parte”.

Exactamente esa conversación que tantas familias conocemos.

“Vale, tienes dos madres, pero ¿quién es tu padre?”

“No tengo padre.”

“Pero tienes que tenerlo.”

“¿Entonces cómo naciste?”

Desde la lógica infantil, la pregunta puede no tener ninguna mala intención.

Han aprendido que para crear un bebé hacen falta un óvulo y un espermatozoide y pueden haber aprendido también que eso equivale necesariamente a “mamá y papá”.

Nuestros hijos tendrán que explicar, quizá antes que muchos de sus compañeros, que biología, reproducción y estructura familiar no son exactamente lo mismo.

Para nacer necesitaron un óvulo y un espermatozoide.

Eso no significa necesariamente tener una madre y un padre.

“Pero ¿quién te tuvo DE VERDAD?”

Y después están las preguntas sobre las madres.

“¿Cuál es tu madre de verdad?”

“¿Quién te tuvo en la barriga?”

“¿Cuál es tu madre biológica?”

“¿De cuál eres?”

“¿A cuál te pareces?”

Aquí la curiosidad empieza a entrar en un terreno mucho más íntimo.

Porque quizá nuestro hijo quiera contar quién lo gestó.

O quizá no.

Puede querer explicar que nació mediante el método ROPA.

O no tener ninguna gana de contar a un compañero de clase de quién procedía el óvulo.

Puede saber cosas sobre su donante que quiera compartir.

O considerar que no son asunto de nadie.

Y hay algo que podemos enseñarles desde muy pequeños:

tener dos madres no los obliga a explicar cómo fueron concebidos.

No tienen que ofrecer una clase de reproducción asistida cada vez que alguien dude de que su familia sea posible.

No todos los “¿cómo naciste?” son iguales

También es importante no enseñarles que cualquier pregunta es una agresión.

Los niños preguntan.

Muchísimo.

Y cuando algo no encaja con el modelo familiar que conocen, probablemente preguntarán todavía más.

Un niño de cinco años puede preguntar:

“¿Pero cómo puedes tener dos mamás?”

con exactamente la misma curiosidad con la que pregunta por qué su amigo vive con su abuela o por qué los padres de otra niña viven en casas diferentes.

Podemos enseñar a nuestros hijos a distinguir entre curiosidad y falta de respeto.

Una pregunta puede ser torpe y aun así estar hecha con cariño.

Otra puede resultar invasiva.

Y otra puede utilizar su familia para burlarse de ellos.

No necesitan responder igual a las tres.

Entonces, ¿qué podemos enseñarles a contestar?

Quizá lo primero sea precisamente esto:

que no existe una respuesta obligatoria.

Si alguien pregunta:

“¿Tienes papá?”

puede responder simplemente:

“No. Tengo dos mamás.”

Si insiste:

“¿Pero cómo naciste?”

puede explicar:

“Con ayuda de un donante”.

Pero también puede decir:

“Eso es privado”.

O:

“No quiero hablar de eso”.

Las tres respuestas son válidas.

Si le preguntan:

“¿Cuál es tu madre de verdad?”

puede responder:

“Las dos”.

Y si quieren saber quién lo gestó:

“Me tuvo mamá Laura.”

O:

“No importa, las dos son mis madres.”

O sencillamente:

“No te lo quiero contar.”

Nuestro objetivo no debería ser proporcionarles un argumentario perfecto.

Debería ser darles herramientas y libertad para decidir cuánto quieren contar.

Porque también existe un pequeño “armario familiar”

Imaginemos a un niño que cambia de colegio.

Nadie sabe todavía que tiene dos madres.

Conoce a nuevos amigos.

Hablan de sus familias.

Y llega el momento:

“¿Cómo se llaman tus padres?”

Él tiene que decidir cómo responder.

Probablemente para muchos niños no tenga ninguna importancia:

“Mis madres se llaman Ana y Marta.”

Fin.

Pero otros quizá hayan aprendido previamente que decirlo provoca diez preguntas posteriores.

Y entonces pueden pensárselo.

No necesariamente porque sientan vergüenza de sus madres.

Puede ser simplemente porque están cansados de explicarse.

Ahí existe una experiencia que guarda cierto paralelismo con salir del armario: revelar una información personal que los demás no pueden saber a simple vista y no tener completamente claro cómo reaccionarán.

No significa que nuestros hijos sean LGTBI ni que su experiencia sea idéntica a la nuestra.

Pero sí pueden vivir repetidamente esa decisión:

¿Lo cuento?

¿A quién?

¿Cuándo?

¿Y cuánto explico después?

La investigación nos dice que estas situaciones existen

Los estudios realizados durante décadas con familias lesbianas son tranquilizadores respecto al desarrollo de nuestros hijos.

Pero eso no significa que el entorno sea siempre perfecto.

En una investigación con niños de entre 8 y 12 años criados en familias lesbianas en Países Bajos, los niveles generales de estigmatización fueron bajos, pero algunos niños habían vivido situaciones relacionadas específicamente con su estructura familiar.

Otros trabajos del National Longitudinal Lesbian Family Study —la investigación estadounidense que siguió durante décadas a familias lesbianas planificadas— también han estudiado las experiencias de estigmatización homófoba de sus hijos.

Y aparece una conclusión que deberíamos tener muy presente:

el problema no es tener dos madres.

El problema puede aparecer cuando el entorno convierte esa característica familiar en motivo de burla, exclusión o cuestionamiento constante.

Por eso no deberíamos preparar a nuestros hijos para defenderse de su familia.

Deberíamos preparar también al mundo que los rodea para entenderla.

El colegio tiene muchísimo que hacer

Si la primera vez que una clase escucha hablar de una familia con dos madres es cuando nuestro hijo explica la suya, algo está fallando.

No debería corresponderle a él educar a sus compañeros.

Un colegio puede explicar desde Infantil que existen familias con una madre, un padre, dos madres, dos padres, familias monoparentales, familias adoptivas, familias reconstituidas, niños que viven con sus abuelos y muchas otras realidades.

Así, cuando un niño diga:

“Tengo dos mamás”,

la respuesta de sus compañeros probablemente será mucho menos:

“¿¿¿PERO CÓMO???”.

Y mucho más:

“Ah, vale”.

Ese “ah, vale” es bastante más importante de lo que parece.

Y cuidado con convertirlos en pequeños activistas

A veces, desde nuestro orgullo como madres lesbianas, podemos caer sin querer en otro extremo.

Queremos que nuestros hijos estén orgullosos de su familia.

Que respondan.

Que expliquen.

Que corrijan.

Que sepan perfectamente qué decir cuando alguien les pregunta por el donante.

Pero nuestros hijos no tienen ninguna obligación de convertirse en portavoces de las familias lesbianas.

Quizá un día quieran explicar a toda la clase cómo nacieron.

Y otro día quieran decir:

“Tengo dos madres”,

y seguir jugando al fútbol.

También tienen derecho a eso.

“¿Te molesta que sepan que tienes dos madres?”

Puede ser una pregunta interesante para hacerles de vez en cuando.

Pero debemos estar preparadas para escuchar cualquier respuesta.

Puede decirnos:

“¡Qué va!”

Puede contarnos orgulloso que se lo ha explicado a toda su clase.

Pero también puede decir:

“Me da rabia porque siempre me preguntan lo mismo”.

O:

“No quiero que lo sepan porque después me preguntan quién me tuvo”.

No deberíamos interpretar inmediatamente esa incomodidad como rechazo hacia nosotras.

Quizá no le incomoda tener dos madres.

Quizá le incomoda tener que explicarlas constantemente.

Y son cosas muy diferentes.

Hay una frase que nuestros hijos deberían conocer

Entre todas las explicaciones sobre óvulos, espermatozoides, donantes, embarazo, ROPA y familias diversas, quizá deberíamos enseñarles también una frase muchísimo más sencilla:

“Eso es privado y no quiero contártelo.”

Porque enseñar diversidad también significa enseñar intimidad.

Nuestro hijo puede saber perfectamente cómo nació y hablar del donante con absoluta naturalidad en casa.

Eso no convierte esa información en patrimonio de toda su clase.

Puede sentirse orgullosísimo de sus dos madres y no querer decir quién lo gestó.

Puede hablar de su familia y guardar para sí los detalles sobre su genética.

Su historia también le pertenece.

Y quizá algún día dejen de tener que explicarlo

Nuestros hijos están creciendo en un mundo bastante diferente del que conocimos muchas de nosotras.

Para ellos decir “tengo dos madres” puede ser algo completamente cotidiano.

Y, aun así, todavía pueden encontrarse con el:

“¿Pero padre tienes que tener, no?”

“¿Cuál es tu madre de verdad?”

“¿Quién te tuvo?”

“¿De quién es el óvulo?”

“¿Entonces quién es tu padre biológico?”

Quizá nuestra tarea no sea enseñarles a responder perfectamente a todas esas preguntas.

Quizá sea enseñarles algo más importante:

que su familia no necesita una explicación para ser legítima.

Pueden explicar cómo nacieron si quieren.

Pueden hablar del donante si quieren.

Pueden contar quién los gestó si quieren.

Y pueden decir simplemente:

“Tengo dos madres”.

Punto.

Porque nuestros hijos podrán tener que “salir del armario” como familia muchas veces a lo largo de su vida.

Lo que no deberían sentir nunca es que, después de salir, tienen que demostrarle a nadie que su familia existe.