Preguntas que pueden hacernos nuestros hijos sobre el donante según su edad (y cómo responderlas)

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Preguntas que pueden hacernos nuestros hijos sobre el donante según su edad (y cómo responderlas)
Preguntas que pueden hacernos nuestros hijos sobre el donante según su edad (y cómo responderlas)

“¿Yo cómo nací?”

“¿Quién es el donante?”

“¿El donante es mi padre?”

“¿Me parezco a él?”

“¿Tengo hermanos?”

“¿Por qué no puedo conocerlo?”

Las preguntas que nuestros hijos pueden hacernos sobre el donante no son las mismas a los cuatro años que a los ocho, los trece o los dieciocho.

Y probablemente tampoco exista una única conversación en la que podamos explicarlo todo. Hay niños que sientes muchísima curiosidad y otros que jamás piensan en eso.

Para las familias lesbianas que hemos recurrido a un donante, hablar de los orígenes de nuestros hijos puede empezar cuando son muy pequeños y evolucionar a medida que aumenta su capacidad para comprender conceptos como reproducción, genética, identidad o anonimato.

Los especialistas en reproducción asistida recomiendan cada vez más que los niños conozcan sus orígenes desde edades tempranas. No existe una edad exacta establecida científicamente para hacerlo, pero la idea es sencilla: que conocer la existencia del donante forme parte de su historia y no se convierta un día en una gran revelación.

Pero ¿qué pueden preguntarnos en cada momento?

Y, sobre todo, ¿cómo podemos responderles?

De 2 a 4 años: “¿Cómo nací yo?”

Probablemente esta sea una de las primeras preguntas.

A esta edad no necesitan comprender genética, bancos de semen ni tratamientos de reproducción asistida. Podemos empezar simplemente contando su historia:

“Tus mamás queríamos muchísimo tenerte. Para empezar a hacer un bebé necesitábamos un óvulo y un espermatozoide. Nosotras no teníamos espermatozoides y un hombre nos ayudó dando uno. A ese hombre lo llamamos donante”.

Quizá todavía no comprenda exactamente qué significa.

No importa.

Estamos poniendo las primeras piezas de una historia que iremos completando durante años.

“¿Qué es un donante?”

Podemos explicarlo de manera muy sencilla:

“Una persona que dio una pequeña parte de su cuerpo, que se llama espermatozoide, para ayudarnos a tenerte”.

A medida que crezca podremos sustituir “semillita” por palabras reales como óvulo, espermatozoide y semen.

No necesitamos darle toda la información de una vez.

De 5 a 7 años: “Entonces, ¿el donante es mi padre?”

Esta pregunta puede aparecer cuando empiezan a comparar su familia con las de otros niños.

Aquí podemos separar dos conceptos diferentes: origen genético y familia.

“Para que nacieras necesitábamos un espermatozoide y lo recibimos de un donante. Pero un donante no es lo mismo que un papá. Un papá es una persona que forma parte de una familia y ejerce como padre. Tú tienes dos madres (o una).”

No hace falta quitar importancia al donante para explicar nuestra familia.

Podemos añadir:

“Gracias a él pudimos tenerte”.

Ambas ideas pueden convivir perfectamente.

“¿Por qué necesitabais un donante?”

“Porque para empezar a formar un bebé hacen falta un óvulo y un espermatozoide. Nosotras teníamos óvulos, pero no espermatozoides, así que necesitamos ayuda.”

Probablemente para ellos sea muchísimo más sencillo de lo que imaginamos.

De 8 a 11 años: “¿Cómo es el donante?”

Aquí empiezan preguntas mucho más concretas.

“¿Era alto?”

“¿De qué color tenía los ojos?”

“¿Le gustaba el fútbol?”

“¿Por qué decidió donar?”

“¿Me parezco a él?”

Nuestra mejor herramienta en esta etapa probablemente sean dos palabras:

No lo sé.

No tenemos que rellenar los huecos.

Si conocemos determinados datos podemos compartirlos de una manera adecuada a su edad.

Y si no sabemos algo:

“No tenemos esa información”.

“¿Me parezco a él?”

Podemos explicar que algunas características físicas están influidas por nuestros genes y que, por tanto, es posible que haya rasgos que procedan genéticamente del donante.

También podemos aprovechar para explicar que una persona es muchísimo más que sus genes.

“¿Tengo hermanos?”

Esta puede ser una pregunta importante.

Un mismo donante puede haber contribuido al nacimiento de otros niños.

Si no sabemos si existen, podemos decirlo exactamente así:

“Es posible, pero no lo sabemos”.

No hace falta prometer respuestas que no tenemos.

“¿Puedo conocer al donante?”

En España esta pregunta tiene actualmente una respuesta legal bastante clara.

La donación de gametos es anónima.

Los hijos nacidos mediante donación tienen derecho a obtener información general sobre el donante que no permita conocer su identidad. La identidad únicamente puede revelarse en circunstancias extraordinarias establecidas por la ley.

Por eso podemos explicar:

“En España la ley dice que los donantes son anónimos. Podemos conocer algunas cosas sobre él, pero no su nombre ni quién es”.

Y es importante permitir que nuestro hijo tenga una opinión sobre ello.

Puede responder simplemente “vale”.

O puede parecérselo injusto.

De 12 a 15 años: “La mitad de mis genes viene de alguien que no conozco”

En la adolescencia las preguntas pueden dejar de ser únicamente informativas.

Empiezan a mezclarse con algo mucho más complejo:

la identidad.

“¿A quién me parezco?”

“¿De dónde viene mi altura?”

“¿Por qué tengo este pelo?”

“¿Habrá alguien por ahí que se parezca muchísimo a mí?”

“¿Por qué decidisteis utilizar un donante anónimo?”

Aquí nuestra tarea empieza a cambiar.

Ya no consiste únicamente en explicar.

También consiste en escuchar.

“¿Por qué decidisteis tenerme así?”

Podemos contar nuestra propia historia:

“Queríamos formar una familia y esta era una de las maneras que teníamos de hacerlo”.

Pero también podemos aceptar que nuestro hijo tenga sentimientos diferentes a los nuestros sobre esa decisión.

Puede estar agradecido.

Puede sentir curiosidad.

Puede ser completamente indiferente.

Puede enfadarse.

Puede pensar que la ley debería permitirle conocer al donante.

Ninguna de esas emociones significa que quiera menos a sus madres.

“¿Te molestaría que quisiera saber quién es?”

Aquí hay una respuesta que puede darle muchísima seguridad:

“No”.

Su curiosidad no compite con nuestra maternidad.

Querer conocer una parte de sus orígenes genéticos no significa estar buscando otra familia.

De 16 años en adelante: “Quiero saber más”

Al acercarse a la edad adulta pueden aparecer preguntas nuevas.

Sobre antecedentes médicos.

Sobre genética.

Sobre posibles hermanos genéticos.

Sobre el anonimato.

O sobre la propia decisión que tomamos antes de que nacieran.

Y quizá tengamos que asumir algo importante:

su historia ya no nos pertenece únicamente a nosotras.

Es también su historia.

“¿Por qué elegisteis ese donante?”

Podemos explicar exactamente lo que ocurrió.

Quizá lo seleccionó la clínica siguiendo criterios médicos y fenotípicos.

Quizá nosotras pudimos tomar determinadas decisiones dentro de lo permitido.

Lo importante es contar la verdad de nuestro proceso particular y no construir una historia más bonita de la que realmente ocurrió.

“¿Y si algún día quiero encontrarlo?”

Podemos explicar qué permite actualmente la legislación española y acompañar la emoción que pueda producirle.

No necesitamos compartir necesariamente su opinión.

Pero sí podemos reconocerla:

“Entiendo que quieras saber quién es”.

¿Y si nunca pregunta por el donante?

También puede ocurrir.

Hay niños enormemente curiosos y otros que apenas muestran interés.

Que nuestro hijo no pregunte no significa necesariamente que el tema esté resuelto para siempre.

Podemos dejar la puerta abierta de vez en cuando:

“Cuando quieras saber más sobre cómo naciste o sobre el donante, puedes preguntarnos cualquier cosa”.

Sin interrogatorios.

Sin convertirlo en un tema permanente.

Simplemente dejando claro que no existe ninguna pregunta prohibida.

“¿Querer conocer al donante significa que me falta un padre?”

No.

Y quizá esta sea una de las cuestiones más importantes para nosotras como madres lesbianas.

Nuestro hijo puede sentir curiosidad por la persona de la que procede parte de su información genética sin considerar que esa persona sea su padre.

Puede querer saber cómo era.

Puede preguntarse si se parece a él.

Puede interesarse por posibles hermanos genéticos.

Incluso puede enfadarse porque no pueda conocer su identidad.

Nada de eso disminuye nuestra maternidad.

Y tampoco necesitamos decirle cómo debería sentirse respecto al donante.

Podemos darle algo mucho más importante:

permiso para construir su propia relación emocional con su historia.

Las preguntas cambiarán. Nuestra respuesta puede ser siempre la misma: puedes preguntarme

A los cuatro años quizá quiera saber de dónde salió la “semillita”.

A los siete preguntará si el donante es su padre.

A los diez querrá saber de qué color tenía los ojos.

A los catorce quizá se pregunte por qué no puede conocerlo.

Y a los veinte puede volver con preguntas que jamás imaginamos.

No necesitamos prepararnos una respuesta perfecta para todas ellas.

Necesitamos algo mucho más sencillo.

Que desde pequeño sepa tres cosas:

No hay secretos sobre cómo nació.

Ninguna pregunta sobre sus orígenes puede hacernos daño.

Y siempre vamos a contarle todo lo que sepamos.

Porque hablar del donante no amenaza nuestra familia.

Forma parte de contarle cómo empezó.