Emerance Maschmeyer es uno de esos nombres que ya forman parte de la historia del hockey femenino. Veterana olímpica, fue parte del equipo canadiense que conquistó el oro en los Juegos Olímpicos de 2022, junto a compañeras como Brianne Jenner. Portera sólida, constante y respetada, Maschmeyer ha construido una carrera marcada por la excelencia deportiva… y, más recientemente, por una maternidad vivida con orgullo y naturalidad.
En la actualidad, Maschmeyer juega para los Vancouver Goldeneyes, uno de los equipos de expansión de la Liga Profesional de Hockey Femenino (PWHL), después de haber debutado en la liga con el Ottawa Charge. Formada en la Universidad de Harvard, su trayectoria combina alto nivel académico y deportivo, algo habitual en el hockey femenino norteamericano, pero no por ello menos admirable.
Una historia de amor (y hockey) compartida
Emerance Maschmeyer está casada con Geneviève Lacasse, también exportera de la selección canadiense, ya retirada. Lacasse ganó el oro olímpico en 2014 y la plata en 2018, formando parte de una generación clave del hockey femenino canadiense. Juntas representan algo poco habitual incluso hoy: una pareja de dos mujeres, ambas deportistas de élite, ambas olímpicas, ambas referentes.
En 2024 dieron la bienvenida a su primer hijo, y desde entonces han compartido algunos momentos de su nueva vida familiar con humor y ternura. Recientemente, Maschmeyer publicó un vídeo en Instagram en el que ambas comentan, entre risas, el peculiar “lenguaje” de su bebé. Un gesto pequeño, cotidiano, pero profundamente significativo: mostrar que las familias de madres lesbianas también habitan el deporte profesional desde lo cotidiano, sin solemnidad ni discursos grandilocuentes.
Hay, sin embargo, un detalle que sigue resonando con fuerza en la memoria colectiva del hockey LGTB. Mientras jugaba en Ottawa, Maschmeyer diseñó una máscara de portera personalizada que representaba a su familia como personajes de Los Increíbles. Una imagen poderosa, lúdica y revolucionaria a la vez.
Hasta donde se sabe, fue la primera máscara del hockey profesional que representaba explícitamente a una familia LGTB.
Que hoy ya no pueda usarla —por cuestiones de equipo y patrocinio— sigue doliendo a muchas personas que vieron en ese gesto un hito de visibilidad. Porque en un deporte donde la expresión personal suele estar muy regulada, aquella máscara no era solo estética: era identidad, orgullo y futuro.
Cuando las madres lesbianas hacen historia (sin que nadie lo note)
El 26 de noviembre de 2025 ocurrió algo que probablemente pasó desapercibido para la mayoría del público, pero que dice mucho del momento que vive el hockey femenino. En un partido entre Ottawa y Vancouver, Brianne Jenner le marcó un gol a Emerance Maschmeyer. Hasta donde se sabe, fue la primera vez en la historia de la PWHL que una madre lesbiana le anotó un gol a otra madre lesbiana.
El dato puede parecer anecdótico, pero es profundamente simbólico. No porque la maternidad defina su rendimiento, sino porque demuestra algo que durante décadas parecía imposible: las madres lesbianas no solo están en el deporte profesional, sino que están en el centro del juego.
Como apuntó la periodista Sarah Spain en su podcast Good Game With Sarah Spain, estos pequeños hitos construyen memoria. Y ayudan a entender que las rivalidades deportivas —como las históricas entre Canadá y Estados Unidos— conviven perfectamente con historias de amor, maternidad y respeto mutuo. Un ejemplo precioso es el episodio del 15 de enero de 2026, en el que Spain conversa con Julie Chu y Caroline Ouellette, ambas cuatro veces olímpicas, hoy retiradas y también madres, que durante años defendieron selecciones rivales.
Mucho más que deporte
Emerance Maschmeyer no solo defiende la portería. Defiende, sin decirlo explícitamente, la idea de que la maternidad lésbica tiene un lugar legítimo en el deporte de élite. Que las máscaras pueden contar historias. Que los bebés también forman parte del viaje olímpico, aunque no salten al hielo.
Y para las madres lesbianas que siguen esta serie desde casa, su historia vuelve a recordarnos algo esencial: nuestros modelos existen, aunque durante mucho tiempo nadie los haya querido ver.



